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De la imposibilidad. Y del deseo. El hombre siempre ha visto la posibilidad de volar como una conquista extraordinaria. No tenemos alas, pero descubrimientos científicos y técnicas han permitido inventar múltiples prótesis mecánicas para evitar esta frustración. De los seres alados hemos extraído simbiosis que nos han hecho posibles superar las dificultades. Al contrario, algunos insectos –entre ellos las mariposas de los gusanos de seda- han abandonado las costumbres más aéreas en beneficio de una especialización biológica terrestre. Dejar de volar ha sido una necesidad para lograr la supervivencia de la especie. La suspensión, la elevación ingrávida de los elementos es una obsesión común al hecho de transformar los objetos en elementos estéticos: la metamorfosis. La especialización y la evolución zoológica parecen negar la manía humana de manipular los conceptos y materiales. El ala, formada en el interior informe de la crisálide por un grumo espeso de células, es una filigrana de ingeniería que la hélice sólo es capaz de insinuar. Lejos de la mimesis, la hélice posibilita lo que no es, consigue hacer visible el vuelo sólo cuando está estática. El arte es un acto de prestidigitación más que una representación de la naturaleza. Para volver al aire, la hélice empieza a correr y se vuelve transparente como si fragmentada en un polvo microscópico se transformara en un viento alisio capaz de hilvanar entre las nubes una larga sextina. La pintura aérea de Xavier Déu se compone de polvo, humo, pigmentos... y cera. Del ala al aire pasando por unos materiales que quedan suspendidos en la horizontal del ojo. Del aire al ala, hacer viento las masas compactas de las formas, fragmentando sus elementos hasta la mínima expresión. Que a su vez es la máxima. La simplicidad de la transparencia tal vez nos hace pensar que la mejor solución era la de Ícaro: no la de adoptar prótesis de viento sino el esculpir el propio cuerpo para hacer una nueva genética. A base de ceras. Y de aire caliente. Por eso se nos propone que aprendamos de los apicultores a usar los ahumadores para adormecer la pintura toda. Cuando biología y estética unan sus caminos investigaremos las posibilidades de hacer injertos en la piel de alas de mariposa tropical, negras para poder negar las plumas de tantos serafines. Sólo entonces, podremos volar sin tener la necesidad de levantar los pies del suelo.

 

´ hacer visible el aire, altaió 04 (hoja de mano Galeria Metropolitana de Barcelona)