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Puede que el encuentro de Benjamin con el surrealismo sea el detonante de su interés por el hachís. De ser así, la lectura en clave psicoanalítica que hizo Adorno de sus escritos debería ser canónica y deberíamos entender el ejercicio de Benjamin como una escritura de jeroglíficos. En demasiadas ocasiones el trabajo de este autor se ha visto reducido a lecturas académicas e ideológicas que han tenido la única habilidad de convertirlo en un autor de moda. Del mismo modo, la relación de la cultura y las drogas ha sido reducida a pura anécdota o mitificación, hasta hacer desaparecer el contenido chamánico, místico y colectivo que encarnan. Para Benjamín las drogas constituían uno de los ejes centrales de su filosofía, junto a las cartas, la literatura y los pasajes.

 

”Los paraísos artificiales” fue para Benjamin el texto espejo de sus exploraciones. En un salto hacia el pasado nos encontramos con “Du Hachich et de l'Alienation mentale”, aparecido en 1845, de Jacques-Joseph Moreau [1804-1884], el médico que introdujo a Baudelaire en el Club des Haschischins. Se abría una brecha en la psiquiatría que sugestionaba la posibilidad de conocer algunas enfermedades mentales a través de la comparación con los efectos del hachís. La esquizofrenia constituyó en su calidad de dislocación del discurso y del sujeto la perfecta metáfora para el delirio del comedor de hachís. No el jeroglífico sino el puzzle, el rompecabezas.

 

Como si se tratara de una operación mimética -eje central de la estética hasta la irrupción de las vanguardias- el hachís, esa droga tan corriente y usual en nuestros días, fue descubierto a Benjamin también por médicos, Fritz Fränkel y Ernst Joël. Los tres junto a su amigo Ernst Bloch, su primo Egon Wissing y su esposa, se convirtieron en un laboratorio, en una comunidad. Formaban la vanguardia de los psiconautas de la República de Weimar. Con la síntesis de mescalina y peyote de Arthur Heffter en 1896-1897, Alemania se situaba al frente de las investigaciones farmacológicas. El año en el que Benjamin empieza sus experimentos (1927), Louis Lewin publica la segunda edición de “Phantastica” en Berlín.

 

En estas primeras aproximaciones, en las que realiza tanto el papel de cobaya como de supervisor, descubre el nexo entre la absorción, el trance, y la estética. La fase satánica experimentada el 15 de enero del 1928 le confirma el aspecto místico de la experiencia estética. Pero Benjamin va a formular una iluminación profana. No se trata aquí de repetir sino de denunciar. No sirve de nada la lectura teológica de sus escritos. El demonio, el espíritu o carácter, es el terreno de la acción, de la política. Lo que caracteriza este trabajo con la droga es la posibilidad de redefinir la revolución. La droga como elemento de poder del proletariado para cambiar el mundo. Se trata aquí no de símbolos, sino de signos, de semiótica.

 

Ya en sus inicios manifestó la necesidad de abandonar la percepción del mundo kantiana. Entendiendo el marxismo como epistemología y no como doctrina se advierte la importancia de la técnica en cuanto configuradora de nuestro mundo, pues son las máquinas de visión las que configuran nuestras percepciones. Por eso, el interés de Benjamin recaerá en las auras de los objetos, en los ornamentos. Los pequeños detalles son los que más se transforman, casi de una manera permanente, bajo los efectos de la droga. La primera experiencia del mundo que tiene el niño no es que los mayores sean más fuertes, sino que él no puede hacer magia.

 

El chamán entra en contacto con los espíritus y hace magia porque es capaz de actuar transformando el mundo, irrumpiendo en el devenir de las cosas. En sus notas de trabajo para “Los Pasajes”  Benjamin incluye protocolos de sus sueños siempre que en estos se da la paradoja de experimentar una identificación total con los objetos. Cuando existe una comunicación directa con ellos. La iluminación profana se injerta en la historia como una manifestación epistemológica, actúa como intérprete de los sueños que hay en los objetos del siglo diecinueve. Sólo con la desaparición del sujeto podemos encontrarnos con el mundo.

 

La agudización del color, el llamado laboratorio del rojo, desvela hasta dónde pueden llegar a cambiar las relaciones de las percepciones y las palabras. Como más de cerca se observa una palabra más se aleja de ella misma. “Rot c'est comme un papillon qui va se poser sur chacune des nuances de la couleur rouge.” Sin embargo, nunca desaparece el carácter individual de la experiencia. El sujeto se vuelve colectivo, es una gran hermandad. Aun así, el afectado por el hachís se encuentra siempre al límite de la depresión. Lo que quiere expresar es tan trascendente que puede llegar a hundirse si no es escuchado.

 

Benjamin experimentó con varias drogas, el hachís primordialmente pero también con el opio y la mescalina. Las notas de las sesiones con drogas datan desde 1927 hasta 1934. De estos textos sólo dos fueron publicados en vida del autor: “Myslowitz-Braunschweig-Marsella”, aparecido en noviembre de 1930 en la revista “Uhu”, y “Haschisch en Marsella” publicado el 1932 en la revista “Frankfurter Zeitung”. Existen además los protocolos de los intentos que mantienen ciertas dudas acerca de su autoría.


Todos estos textos fueron publicados por primera vez el 1972 en “Über Haschisch” por Suhrkamp Verlag, y se tradujeron al español en 1974. Asimismo, se puede encontrar material diverso en www.wbenjamin.com.

 

Transcendiendo el individuo racional a través de la intoxicación, el aura se hace visible en la zona-imagen de las drogas. El caos que la intoxicación aporta al orden debe ser una reserva para la disciplina libertaria. No debemos olvidar que la filosofía, como todas las actividades humanas, persigue dar respuesta a hechos y problemas concretos. En este caso, la situación de Guerra Mundial, el divorcio del cosmos, es el motor por el que Benjamin propone una experiencia creativa que no provenga de la iluminación del genio o de la religión. La exposición de arte “degenerado” que el nazismo organizó pretendía denunciar la concepción colectiva del cubismo y del dadaísmo.

 

La gente insana, los degenerados, sabemos que se identifican ellos mismos con los objetos de su percepción. Lo que se encuentra fuera de nosotros. La experiencia de la colectividad, la posibilidad de experimentar lo que otro está sintiendo como si fuera un sentimiento propio, constituyó y sigue constituyendo uno de los temores más certeros para la política conservadora o fascista. El hachís proporciona una fuerte simpatía. Desaparece incluso la noción de fealdad. Benjamin relata cómo se convierte en fisonomista, como devora rostros, preferentemente masculinos y marcados, que en un estado normal no se atrevería a mirar no sólo por su falta de belleza sino por el temor a atraer sobre él la mirada de sus propietarios.

 

La risa del hachís se extiende más allá de las fronteras de uno mismo. Parece como si todo en el mundo sonriera. Se da una alteración del espacio y del tiempo, sobrevenida de recuerdos y olvidos. La dilatación espacio-temporal no permite operar con nociones límite como infinito. La pérdida del sentimiento de soledad convierte a todos los hombres en agradables. Así, sin soledad, uno deviene el centro de atención. Lo que se ve es lo mismo en todas partes y a la vez particular de la propia experiencia. Se está solo y a la vez acompañado. Lo que conocemos permuta constantemente, revelando nuevos conocimientos que son universales. Uno se confunde con todo.

 

Lee los letreros del urinario.

 

El amor y la droga funcionan de una forma muy parecida. El hachís sabe persuadir a la naturaleza para que nos habilite con ese despilfarro de la propia existencia que conoce el amor, pero de una forma egoísta. Uno no se da enteramente y se le va la existencia para recibir lo nuevo, el hachís nos arroja a la existencia con las manos llenas sin poder esperar nada a cambio. En ambos casos nos encontramos entregados a lo otro, desposeídos de una percepción singular. Benjamin parece anunciar la revolución estudiantil del 68, y la profunda interrelación entre las drogas y el amor libre. No es porque sí que la criminalización de las drogas constituye uno de los pilares primordiales de la política de los estados.

 

El bienestar ilimitado, el fracaso de los complejos de angustia neurótico-obsesivos y de la autorrepresión moral abren el carácter amable. Todos los intoxicados se irisan hacia lo cómico a la vez que las auras se interpretan. Carcajada. La relación de la risa con los pasajes es la extensión de la horizontalidad, la desaparición de un espacio limitado. Poco a poco, al hablar bajo los efectos del hachís uno empieza a sentirse encadenado a la esfera intelectual. Se abandona progresivamente al uso fonético de la palabra. Se escogen las palabras más por su sonido que por su significado. Parece como si la sonoridad pudiese expresar mejor lo que uno piensa que la expresión de este mismo pensamiento, y no se niega la posibilidad de que incluso resulte más profunda la forma en que se expresa que lo que uno pueda expresar.

 

Esta concentración en la ornamentación más que en lo que se pretende expresar se debe a la multiplicidad de sentidos del ornamento. Debemos tener presente que las visiones del intoxicado también se transforman constantemente e incluso la gente que se encuentra a su alrededor acoge infinitas personalidades cambiando su rostro. Acaso la experiencia con el hachís dio a Benjamin la posibilidad de entender el aura como algo distinto al concepto de los teósofos y de la tradición. El aura auténtica se distingue en el ornamento, el círculo ornamental que envuelve como una funda o caja protectora a la cosa. El detalle fotográfico. Hay una correlación entre los cambios de la percepción auditiva y las alteraciones visuales. Teatro. Crimen. Atget. Poe.

 

“Quod in imaginibus, est in lingua”. El desorden de la lengua implica que los estados de ánimo arrastran consigo a las palabras. ¿Hay una sintaxis y una semántica particular para cada experiencia? El desplazamiento que opera la lengua con el hachís no deja de hablarnos del uso cotidiano del lenguaje. Entonces debemos concluir que no existe tal cosa como la comunicación, no hay una unión entre signo y significado. Es el invento del teléfono automático. Este instrumento preocupó seriamente a Benjamin a lo largo de una de sus tomas de drogas. Aparece, así, el elemento depresivo de la droga. En lugar de actuar uno crea acción en la quietud. Es una tercera vía de revolución.

 

Cambiar la forma en que nos decimos el mundo es transformarlo. Por eso quizá el mayo del 68 consistió más en hacer el amor que en hacer la guerra. Basta con percibir de forma colectiva para modificar la realidad. Este es el carácter catártico de la depresión del hachís. Dada la enorme sensibilidad que proporciona, no ser entendido puede convertirse en un sufrimiento, pero es esa misma sensibilidad la que permite acceder al conocimiento. Entonces, el misterio es la no expresión de lo pensado. El “yo no soy yo, yo soy el hachís”, se convierte en divisa para realizar este viaje donde uno no se mueve sino que es arrastrado.

 

´ esta historia no es mía, altaió 02 (publicat a la revista Cañamo”, número especial 2002)